La mañana del 15 de octubre de 2015, es como todas
las demás mañanas de octubre, frías, el aire que nos envuelve está por debajo
de la temperatura corporal lo que hace que nos cubramos con alguna ropa de
invierno, el cielo está despejando, el alba de la mañana deja entre ver el
rojizo sol que sale del horizonte.
Son las 8 15 de la mañana, el sol apenas comienza a
calentar, la parada no oficial, donde tres personas esperamos la ruta que nos
lleve a nuestro destino, se encuentra en la sombra y ahí donde no da ni un rayo
de sol, hace frío. La señora que se encuentra a mi lado se nota impaciente, tal
vez porque no ha pasado el camión y a ella se le está haciendo tarde, ya sea
para llegar a su trabajo, a su casa o a una cita importante y es que el
transporte público suele ser así, puede
tardar menos de 5 minutos y otras veces hasta 10 o 15 minutos en pasar.
La ruta que se vislumbra es la que, por lo menos, la
señora y yo estábamos esperando, levantamos la mano para indicarle al chofer
que queríamos abordar su unidad, ésta se detuvo y la ella se adelantó para ser
la primera en abordar, regularmente la ruta 29 o “la ruta naranja”, como suelen
llamarle muchos usuarios, va vacía porque a unos cuantos metros se encuentra su
base, pero esta vez fue diferente, entre todos los asientos que lleva sólo se
encontraban un par de ellos vacíos, decido sentarme en el más cercano a la
salida, para ser precisos en el que está atrás del conductor y es que así cuando
baje, no tenga problemas de pasar entre la gente que va parada.
A unos cuantos lugares se escuchan murmullos que
poco a poco se convierten en risas, volteo para ver quiénes son las personas
que hacen algo de escándalo y me percato que son jóvenes de entre 16 y 17 años,
-¿Quién sabe por dónde queda el lugar?, ¿Cómo a qué hora terminaremos?- se
escuchaban frecuentemente esas preguntas entre los adolescentes que viajaban
dentro y se lograba notar que se conocen de hace tiempo ya que se hablaban en
un lenguaje que sólo ellos podían decodificar.
El joven que va a mi lado comienza a platicar con
sus amigos quienes se encuentran justo atrás de nosotros, se logra escuchar,
entre todo el cuchicheo, que el conductor oye la radio quien a su vez hablaban
sobre las nuevas revelaciones que hay de la fuga del chapo Guzmán, quien estaba
preso en el Penal del Altiplano ubicado en Almoloya de Juárez y se fugó en
julio de este año, -su compañero de celda, que era uno de los jefes de los
zetas, habló sobre cómo el chapo tenía amenazados a los guardias…- decía la conductora
del programa y antes de mandar a un
corte comercial dieron la hora –Son las 8 20 de la mañana-, me sorprendió como
fue que se pasó tan rápido el tiempo, apenas habíamos recorrido un par de
calles y ya era esa hora, durante todo ese trayecto varías personas fueron
abordando la unidad y a falta de lugares disponibles tuvieron que emprender su
viaje de pie sosteniéndose del tubo que está sobre su cabeza o bien de las
agarraderas que se encuentras en cada asiento.
Cuando la micro comenzó a recorrer la calle
“Camelias” todos los jóvenes que en un
principio venían sentados comenzaron a descender, se escuchó de nuevo la radio,
ahora hablaban de los boletos para una rifa por parte de la Universidad de las
Américas Puebla, los lugares donde uno puede adquirir esos boletos y cuándo será
la fecha en que dejarán de venderlos.
La gente que venía parada por la falta de lugares, tomaron
asiento cuando los jóvenes comenzaron a desalojar la unidad, al recorrer con mí
mirada a las personas que ahora vienen a mi alrededor me doy cuenta que son más
grandes, tal vez estas personas se dirigían a su trabajo, lo pude inferir por
la ropa que vestían, en la fila contraria a la que yo iba, va una pareja de
personas que hablan muy a gusto, se ríen, comentan sobre un tema, son las
únicas personas que hablan dentro de la unidad.
A mi lado ahora va un
señor que aparenta tener una edad avanzada, viste un suéter rayado color rojo y
negro, su rostro comienza a revelar el paso de los años, tenía diferentes
lunares en su cara, su pelo es color blanco con algunos matices grises, se le
nota relajado, va dormitando, como todos en algún momento determinado en el
transcurso de nuestro recorrido que realizamos en el transporte público y es
que es comprensible, el ambiente es propicio para echarnos un “coyotito”, como
suelen decir a ese momento en el que el cuerpo se relaja y sólo pide que
cierres los ojos para viajar a otros lugares fuera de tu entorno, el calor
natural que despiden los cuerpos que se encuentran inactivos dentro del autobús, aunado a eso lo lento que
a veces se torna el viaje, crean la atmósfera indicada para que uno pueda
invitar un rato a Morfeo a viajar con nosotros.
En el crucero de las
Margaritas, se suben más personas quienes completan el ciclo de un viaje en una
ruta, todos los asientos van ocupados por otras personas y las nuevas que
acaban de ingresar a la unidad tienen que irse de pie hasta que alguien que va
sentado llegue a su destino y tenga que bajar dejando así un lugar disponible, al
chofer parece no importarle que lleva pasajeros parados, pues acelera y frena
como si estuviera en una carrera de la fórmula uno, los usuarios fruncen el
ceño denotando enojo o inconformidad –maneja como si llevara becerros- comentó
un joven a sus amigos, pero las demás personas permanecen en silencio, no
externan su queja y es que estamos acostumbrados a ese tipo de conductas por
quien conduce la unidad, no solo en la “ruta 29” sino en todas las demás, van
levantando gente aunque ya lleven una sobrepoblación de personas sin asiento y
si no basta con eso, manejan como si los fueran persiguiendo, pudiendo provocar
un accidente y lesionar a las personas. Un día me tocó ver que una señora
cayera al suelo por el enfrenón que dio el micro, iba a alta velocidad y creo
que le ganó el semáforo así que tuvo que enfrenar para no pasarse el alto.
Mis ojos miran
fijamente la ventana, puedo ver a las personas que esperan otra ruta que los
llevará a su destino, gente manejando con cara de preocupación y metiéndose en
una fila y otra para poder avanzar más rápido, intento descubrir el porqué de
sus acciones, la respuesta está en el copiloto, esas personas llevan a niños con
uniforme, parecen de primaria, quienes deben llegar a tiempo para poder
ingresar a su escuela, cuando paramos en un semáforo puedo ver la otra cara de
la moneda, dos niños, como de 8 y 9 años, vendiendo chicles e incluso haciendo
malabares, se les ve desnutridos, con ganas de no estar ahí, sucios, tal vez no
tienen un lugar donde dormir, tal vez ayudan a sus papás porque la falta de
empleo en México no ayuda a la economía familiar o simplemente son explotados,
esto y más me da vuelta en mi cabeza, el semáforo se torna verde, “la ruta naranja” comienza a avanzar de nuevo,
a unos cuantos metros le vuelven a hacer la parada, la cual no es autorizada,
se suben tres jóvenes que les toca ir de pie, volteo la cara y observo que va
repleto, dormito, pienso de nuevo en los niños del semáforo, en todas las
oportunidades que se les están yendo de las manos, de los años, de su vida,
volteo al parabrisas y puedo ver que mi parada se acerca, pienso rápido en cómo
poder pasar entre tanta gente, me veo brincando entre todos ellos, pero no soy
tan alta, pienso pasar entre los espacios que existen entre persona y persona
pero no soy tan delgada, es hora, debo bajar del camión, pido permiso y entre
tanto logro salir del embrollo de gente, salgo y ahora lo que observo son
estudiantes que se dirigen a su casa de estudio, olvidando lo que viven en su
recorrido para así entrar en un mundo de conocimientos.
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